REVISTA CENTRAL DE SOCIOLOGÍA, Nº 20, 2025. ISSN 0718-4379 ed. impresa, ISSN 2735-7058 ed. en línea.
Más Allá del Estado: Cuidados, Comunidad y Capitalismo en Tensión
Beyond the State: Care, Community, and Capitalism in Tension
Fecha de recepción: 6 de abril de 2025 / Fecha de aprobación: 10 de mayo de 2025
Verónica Schild1
1 Universidad de Western Ontario, Canadá.
Correo electrónico: vschild@uwo.ca.
https://politicalscience.uwo.ca/people/faculty/emeritus_faculty_pages/veronica_schild.html
María Isabel Reyes Espejo2
2 Pontificia Universidad Católica de Chile, Valparaíso, Chile.
Correo electrónico: maria.reyes@pucv.cl.
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-0454-0584
Javiera Pavez3
3 Pontificia Universidad Católica de Chile, Valparaíso, Chile.
Correo electrónico: javiera.pavez@pucv.cl.
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-2601-2184
Nicolás Gómez Núñez4
4 Universidad Central de Chile, Santiago, Chile.
Correo electrónico: nicolas.gomez@ucentral.cl,
ORCID: https://orcid.org/0000-0001-7700-6935
Resumen
Este documento recoge una conversación entre investigadoras e investigadores sociales en torno a las tensiones entre el capitalismo neoliberal, las políticas públicas y las formas de organización comunitaria, con especial énfasis en el trabajo de cuidados y el rol de las mujeres. A partir de una mirada crítica y situada, se abordan las limitaciones estructurales de los programas estatales como el Programa Mujer Emprende y la cooptación de discursos feministas por parte del Estado. Se destaca la persistencia de entramados comunitarios y formas de resistencia territorial que, aunque fragmentadas, revelan una potencia política subterránea. El diálogo incorpora referencias teóricas contemporáneas, entre ellas: Nancy Fraser, Silvia Rivera Cusicansqui y Zavaleta Mercado, y experiencias concretas en contextos rurales y urbanos de Chile, proponiendo una lectura abigarrada de la acción colectiva en tiempos de crisis.
Palabras clave: Cuidados, Capitalismo neoliberal, Feminismo socialista, Políticas públicas, Entramado comunitario, Economía popular, Resistencia territorial, Abigarramiento
Abstract
This document presents a conversation among social researchers regarding the tensions between neoliberal capitalism, public policies, and forms of community organization, with a particular emphasis on care work and the role of women. From a critical and situated perspective, the discussion addresses the structural limitations of state programs such as the “Mujer Emprende” Program and the co-optation of feminist discourses by the State. The persistence of community networks and territorial forms of resistance is highlighted—despite their fragmentation, they reveal an underlying political force. The dialogue incorporates contemporary theoretical references, including Nancy Fraser, Silvia Rivera Cusicansqui, and Zavaleta Mercado, as well as concrete experiences in rural and urban contexts in Chile, proposing a “motley” reading of collective action in times of crisis.
Keywords: Care work, Neoliberal capitalism, Socialist feminism, Public policy, Community networks, Popular economy, Territorial resistance, Motley social formations
Presentación
En esta edición, la Revista Central de Sociología se complace en presentar buena parte de una conversación crítica entre investigadoras e investigadores que reflexiona sobre las tensiones entre el capitalismo neoliberal, las políticas públicas y las formas de organización comunitaria. El texto se inscribe en una tradición de pensamiento feminista y latinoamericano que busca comprender las condiciones materiales y simbólicas de la reproducción social, con énfasis en el trabajo de cuidados y la acción colectiva territorial.
Esta conversación abierta dialoga de manera fecunda con los hallazgos del estudio: “El enfoque comunitario en la política social de género: explorando la acción pública y la participación de las mujeres en el Chile”, que es dirigido por la Dr. María Isabel Reyes Espejo, donde uno de sus análisis se centra en el Programa Mujer Emprende (PME) como una política pública que, bajo el discurso de la profesionalización, promueve una racionalidad económica y donde las políticas de emprendimiento femenino tienden a invisibilizar las condiciones estructurales de desigualdad de género, y a reforzar una lógica de mercado que despolitiza las prácticas comunitarias y los vínculos solidarios.
Desde una perspectiva metodológica, los contenidos de la conversación que aquí presentamos recogen experiencias concretas en contextos rurales y urbanos de Chile. Esta forma dialógica se complementa con el enfoque postempirista que tiene una de las rutas de la investigación, donde se han analizado los documentos oficiales del PME como discursos performativos que configuran subjetividades y prácticas económicas.
Uno de los aportes más relevantes de este encuentro reflexivo es su capacidad para visibilizar la potencia política de los entramados comunitarios, incluso en contextos de fragmentación y precariedad. Esta lectura se ve reforzada por el análisis del PME, que muestra cómo la capacitación y la mentoría, lejos de empoderar plenamente a las mujeres, muchas veces reproducen estereotipos de género y refuerzan la división sexual del trabajo. La figura de la microempresaria aparece así como una construcción normativa que exige separar lo productivo de lo reproductivo, sin reconocer su interdependencia.
También la conversación cuestiona el uso del empoderamiento promovida por el Estado, que se basa en la adquisición de competencias técnicas y en la incorporación al mercado como vía de inclusión. Esta visión contrasta con las formas de resistencia y organización que emergen desde los territorios, donde las mujeres articulan saberes, redes y prácticas que no siempre son legibles desde los marcos institucionales. La categoría de “abigarramiento”, retomada desde Zavaleta Mercado y Silvia Rivera Cusicansqui, permite pensar estas coexistencias heterogéneas como formas legítimas de acción política.
Asimismo, se destaca la crítica a la mercantilización del espacio público y la captura del valor simbólico por parte de grandes empresas, como Walmart, que se apropian del trabajo comunitario para legitimar sus prácticas. Esta dimensión es abordada a través de ejemplos concretos de ferias autogestionadas y resistencias locales, y encuentra eco en el análisis del PME, donde se observa cómo el modelo Canvas y el Elevator Pitch promueven una visión empresarial descontextualizada, ajena a las realidades de las mujeres populares.
Desde la Revista Central de Sociología valoramos profundamente la articulación entre teoría crítica, experiencia situada y análisis institucional que ofrece esta conversación entre investigadoras, debido a que contribuye a desnaturalizar los discursos tecnocráticos que dominan las políticas públicas y abren un espacio para pensar en alternativas desde el cuidado, la reciprocidad y la justicia social. En este sentido, la conversación entre académicas que recoge el artículo no solo es un ejercicio de reflexión, sino también una forma de intervención política.
Invitamos a nuestras lectoras y lectores a sumergirse en esta propuesta que, más allá de diagnosticar las limitaciones del presente, apuesta por imaginar futuros posible. En tiempos de crisis democrática y reconfiguración del capitalismo global, recuperar la dimensión colectiva del cuidado y la acción comunitaria se vuelve una tarea urgente. Este documento es una contribución valiosa a ese esfuerzo, y un llamado a repensar la política desde abajo, con las mujeres y los territorios como protagonistas.
El Capital como Actor Político
Verónica: Estoy observando con atención la crisis de la democracia liberal y del capitalismo neoliberal, especialmente a la luz de lo que está ocurriendo en Europa, la elección de Trump en Estados Unidos y, más recientemente, el ascenso de figuras como Milei en nuestra región. Algo que me ha llamado profundamente la atención en las lecturas que he estado haciendo es la necesidad de no perder de vista el trasfondo estructural de estos procesos. En particular, me parece crucial reconocer que el capital no debe ser entendido únicamente como un actor económico, sino también como un actor político con capacidad de incidir directamente en la configuración del poder y las decisiones colectivas5.
Lo que quiero señalar es que, en muchos análisis actuales, sigue sin considerarse el tema de la reproducción social, a pesar de que fue uno de los ejes centrales del pensamiento feminista, especialmente del feminismo socialista. Me parece importante subrayar esto: fueron las feministas socialistas quienes abordaron de manera crítica la cuestión sindical y pusieron en el centro del debate la reproducción social. Sin embargo, esta dimensión continúa siendo invisibilizada, a pesar de que abarca un conjunto de actividades fundamentales para la existencia misma del modelo económico capitalista. Me refiero, en particular, al trabajo de cuidados, que no es un ámbito separado o marginal, sino que constituye la base misma de la reproducción de la vida económica. Sin seres humanos, no hay trabajadores; sin cuidados, no hay vida que sostener.
Este trabajo de cuidados incluye no solo la atención directa a las personas, sino también el cuidado del medio ambiente, de la comunidad, de los vínculos sociales. La solidaridad, por ejemplo, tiene una dimensión profundamente ligada al cuidado comunitario. Lo vi con claridad en Petorca en 2016, durante una visita a comunidades afectadas por la brutal crisis hídrica, donde las condiciones y calidad de vida estaban gravemente afectadas producto de la explotación agroindustrial intensiva de cítricos y paltos a partir de los 90, y la privatización de los recursos hídricos, en un contexto de fuerte impacto del cambio climático en Chile. El cuidado comunitario en un contexto de agotamiento del agua para el uso cotidiano cobraba dimensiones solidarias y políticas inéditas: la preocupación por la vida en sí estaba presente en cada gesto, y esa preocupación estaba, como tantas veces, encarnada en las mujeres. Pero este trabajo de cuidados, cuando entra al mercado, suele ser mal remunerado, y cuando permanece fuera de él, se invisibiliza o se justifica mediante discursos religiosos o naturalizados, como si fuera una “bondad divina” o una “vocación femenina”.
Esto me genera una profunda molestia. Llevamos más de cincuenta años —incluso desde los años veinte— produciendo una vasta literatura feminista sobre estos temas, y, sin embargo, el análisis económico dominante sigue actuando como si esta dimensión no existiera. He estado reflexionando mucho sobre esto, aunque aún no lo he sistematizado por escrito. En ese contexto, quiero destacar un libro que estoy recomendando mucho: El capitalismo caníbal, de Nancy Fraser, recientemente publicado en español. Es un texto accesible, pensado para un público amplio, y plantea con claridad las múltiples crisis del capitalismo neoliberal, entre ellas, la crisis de los cuidados, que hoy es un fenómeno global.
Fraser también aborda la crisis medioambiental y la crisis de la producción, pero lo más valioso del libro es que no se limita al diagnóstico: es también un llamado a la acción. Ella advierte que las movilizaciones identitarias, si no se articulan entre sí, no lograrán transformar el sistema. Por eso insiste en que el feminismo no puede ser entendido como una categoría sin historia, sin apellido, sin raíces políticas. Y en eso coincido plenamente. Fraser propone que debemos vincularnos y retroalimentarnos como proyecto político común. Esa es, quizás, su apuesta más optimista: que solo a través de la articulación de luchas podremos avanzar hacia un cambio real. Si tengo una crítica a la valiosa reflexión que hace Fraser, es el implícito e inevitable punto de partida eurocentrista de su análisis y propuestas. Contra Fraser insisto que estas propuestas deben ser ancladas en una reflexión situada y, encarnada como diría la socióloga feminista Dorothy Smith.
Lo que tengo claro —y que vengo observando desde hace tiempo— es que no podemos seguir abordando el feminismo como un concepto vacío o genérico, donde todo se colapsa. Hoy se habla mucho de feminismo, pero se pierde de vista su historia concreta y sus raíces políticas específicas. Las feministas críticas, especialmente las feministas socialistas, siempre se preocuparon por la relación entre el patriarcado y el capitalismo. Y lo hicieron a partir de los contextos específicos en que estaban situadas, tanto en Chile y América Latina como en Europa o Norteamérica. Sin embargo, lo que se instala en Chile a partir de los años noventa, con el retorno a la democracia, es una versión liberal del feminismo, centrada en los derechos individuales, promovida por organismos internacionales como Naciones Unidas. Incluso el tema de los cuidados se aborda desde esa misma lógica liberal, con énfasis en los derechos individuales. Lo que he documentado y analizado en mis trabajos situados sobre este tema por más de tres décadas es precisamente como un supuesto discurso feminista “moderno” y descontextualizado, se instala en el quehacer institucional y logra descartar e invisibilizar las prácticas y procesos políticos locales de feministas populares.
Esto ha implicado una pérdida de la conexión vital entre el pensamiento feminista y la estructura económica. Por eso me parece tan importante rescatar lo que ustedes están haciendo, incluso si no lo nombran explícitamente como feminismo. Cuando escucho hablar de un “gobierno feminista”, como el actual en Chile, o incluso el de Trudeau en Canadá, me pregunto: ¿qué significa realmente eso, más allá de los enunciados? En el caso canadiense se trata de poner más mujeres en cargos diplomáticos, pero sin hacerse cargo de las transformaciones estructurales que implican recursos, voluntad política y redistribución.
En el caso de Chile, por ejemplo, en el ámbito de los cuidados, vemos que son las mujeres quienes, con un esfuerzo sobrehumano, sostienen talleres, emprendimientos y espacios de acompañamiento. Valoran la asociatividad, reconocen sus límites, pero siguen adelante. Sin embargo, no se da un paso más allá desde la apuesta institucional. Hablar de género implica justamente eso: preguntarse por qué son las mujeres quienes deben asumir esa responsabilidad. Y, como mencioné anteriormente, en el contexto de la sobreexplotación de recursos que caracteriza el modelo económico actual, con efectos profundos para el entorno natural y la vida humana, urge entender las responsabilidades múltiples y complejas que este ámbito implica. Hoy en día, esa responsabilidad se ha complejizado aún más, sobre todo en comunidades rurales a lo largo del país, y con dimensiones aún más invisibles a la mirada institucional, que tienen costos brutales para las mujeres. El cuidado no debería ser una carga femenina, sino una cuestión social que interpela a toda la estructura económica. Pero claro, eso cuesta dinero, y en un sistema que prioriza la eficiencia y la rentabilidad, simplemente no encaja, por muy bueno que sea el compromiso desde la institucionalidad.
No sé cómo lo ven ustedes, pero me preocupa que el discurso sobre los cuidados, aunque hoy esté muy presente, no se traduzca en una exigencia real hacia las empresas, el empleo público o los sistemas económicos. ¿Qué deberíamos hacer, como sociedad, para hacernos cargo de estas actividades que no se reconocen como trabajo, pero que son esenciales para sostener la vida?
Nicolás Gómez: Yo creo que ahí hay una variable que está fuera de lo que hemos conversado, más del sesenta por ciento de la población consolidó el modelo. No estoy hablando del sistema político, ni de la cultura, sino que de las leyes. Entonces si ya era difícil la construcción de alternativas, les costaba encontrar a quien representar o con quien dialogar, una vez que viene la votación6. La primera votación de la constituyente, dirigida por Vlado Mirosevic, estuve en esa reunión donde él apuesta por una campaña digital. Sin embargo, hubo una sugerencia, le dijeron que sacaran digitalmente el texto nuevo de la propuesta de constitución y que la distribuyeran en todas las poblaciones de Chile, y lo que Vlado Mirosevic dice: “no vamos a mandar a la gente a leer”.
Verónica: ¿Sabes? Yo diría que este no es un problema que pueda resolverse únicamente en Chile. Se trata de una cuestión estructural, propia de un modelo económico global, que se traduce en un desmantelamiento, gradual o no dependiendo de los gobiernos de turno, de los logros sociales materializados en aquello que llamamos los estados de bienestar. Chile es un caso paradigmático del desmantelamiento brutal, garantizado por la constitución del 80, de un estado de bienestar por cierto incompleto y deficiente, que marco la vida y los anhelos de justicia social de generaciones. Ese estado basado en la lógica de la solidaridad social, con el estado como garante de derechos sociales, no se reconstituye a partir de 1990, pero si se reconfigura como un estado neoliberalizado. ¿Qué quiero decir con esto? Cuando hablamos del modelo neoliberal, insisto que es importante pensar en su dimensión cultural-política y el impacto de esta a largo plazo. Para mí, esto significa que los valores del mercado con énfasis en la eficiencia, costo y beneficio, pasan a ser elementos claves de la racionalidad institucional y clavan profundamente en el tejido social y la autopercepción de individuos. La visión de un estado ya no como garante, pero si facilitador de las decisiones y responsabilidades individuales de ciudadanos supuestamente activos y autónomos, o “resilientes”, se instala como un eje fundamental de la lógica del quehacer social del estado. Aquí el rol de feministas institucionalizadas y de miles de mujeres que trabajan en el sector público, sobre todo aquellas que implementan los programas en terreno a lo largo del país, ha sido fundamental, pero, insisto nuevamente, invisibilizado en nuestros análisis. En un trabajo publicado recientemente, muestro precisamente como un análisis de los procesos concretos de transformación estructural del estado en Chile, o su neoliberalización, no puede ignorar la dimensión de género7. Como bien lo dijo en su momento el presidente de la ANEF, “El estado social tiene cara de mujer”, y su comentario no fue para celebrar este logro, sino que para insistir en el reconocimiento de este trabajo altamente precarizado y mal pagad. A partir de un trabajo situado, muestro en el texto como ese rol facilitador del estado lo cumplen mayoritariamente mujeres. Irónicamente, este estado moderno que se instala a partir de los 90, logra internalizar las responsabilidades de cuidado en condiciones paupérrimas con un impacto directo en la calidad de vida de pensionadas del sector público.
Chile ofrece un caso paradigmático de cambios que observamos en muchas otras partes del mundo donde los estados de bienestar se desmantelan hoy en día a paso veloz. Esto revela una problemática global en cuanto al tema de los cuidados: el deterioro de los sistemas de cuidado, tanto en lo público como en lo privado. En el ámbito laboral, se presiona a quienes cuidan para evitar mejoras salariales. Y en el ámbito doméstico, la responsabilidad recae en la familia —aunque ahora se hable de “familia” en abstracto, y no directamente de mujeres—, como si eso diluyera la carga desigual que históricamente han asumido ellas.
Javiera: ¿Las compañeras del área de cuidados comentaron algo el lunes? ¿Pudieron conversar entre ustedes? Porque tengo la impresión de que ese tema ha ido apareciendo, aunque de manera más sutil, dentro de la sublínea de cuidados. En particular, cuando se plantea que la implementación del proyecto, en la práctica, tiende a reificar la figura de la cuidadora, a pesar de que en el discurso se declara una intención distinta8.
Trabajo de Cuidados y su Invisibilización
María Isabel: Sí, se lo contaron9.
Javiera: Me parece muy interesante observar cómo, a pesar de que estos programas declaran explícitamente un componente comunitario, en la práctica ese espacio de vinculación colectiva con lo emergente —que debería ser central— termina desplazando los objetivos formales de los programas. Esta tensión también se manifiesta claramente en la línea de cuidados, donde el componente comunitario cobra un protagonismo particular.
En el fondo, resulta dramático observar cómo la Red Local de Cuidados, lejos de fortalecer el rol comunitario de las cuidadoras, parece promover su reclusión dentro del ámbito intrafamiliar. Si bien se les brinda apoyo a través de ciertos servicios, este acompañamiento termina por despotenciarlas como sujetas políticas. Esta situación ha sido señalada por las propias compañeras cuidadoras en diversas reuniones, y me parece que dialoga directamente con lo que ustedes están comentando. Es decir, aunque los documentos oficiales destacan la importancia de los cuidados, la corresponsabilidad y el rol colectivo en los cuidados comunitarios, en la práctica, la implementación tiende a desvincular a las mujeres de sus redes territoriales. Esto refleja una visión más subjetiva y neoliberal del cuidado, donde la mujer queda confinada al espacio doméstico, recibiendo servicios que, en lugar de empoderarla, refuerzan su aislamiento.
María Isabel: Verónica lo dice en sus artículos.
Editor RCS: A continuación, se consignan los contenidos a los cuales se hace referencia en esta parte de la conversación 10.
Verónica plantea que el neoliberalismo no debe entenderse únicamente como un conjunto de reformas económicas, sino como una racionalidad política y cultural que moldea profundamente las subjetividades, los lenguajes y las posibilidades de acción. Inspirándose en Wendy Brown y Michel Foucault, lo describe como una “gramática” que define los límites de lo posible, instaurando una lógica de mercado que permea todos los ámbitos de la vida social. Esta racionalidad neoliberal produce sujetos adaptados a una economía despojada de responsabilidades sociales, desplazando el horizonte de los derechos universales hacia una lógica de eficiencia individual y contractual.
En este marco, Schild advierte que el Estado social neoliberalizado ha promovido una nueva forma de ciudadanía basada en la responsabilización individual. A través de políticas focalizadas y relaciones contractuales, se ha configurado un sujeto ciudadano de mercado, cuya inclusión social se da mediante el consumo, el endeudamiento y la autogestión. Esta transformación ha debilitado el principio de solidaridad social, reemplazándolo por una lógica de competencia entre individuos, lo que ha tenido efectos especialmente profundos en las mujeres, quienes son interpeladas como responsables del bienestar familiar y comunitario.
Schild realiza una crítica contundente a las políticas públicas de cuidado implementadas bajo el paradigma neoliberal. Aunque estas políticas responden a necesidades reales —como el acceso a salas cuna o jardines infantiles—, lo hacen desde una lógica mercantilizada que no transforma las estructuras de desigualdad. En lugar de reconocer el cuidado como un derecho colectivo y universal, se individualiza la responsabilidad en las mujeres, especialmente en aquellas de sectores más precarizados. Así, el “empoderamiento” promovido por estas políticas se revela como una trampa: se limita a la inserción en el mercado laboral y al desarrollo de habilidades funcionales al sistema, sin cuestionar las condiciones estructurales de explotación.
Desde una perspectiva feminista crítica, Schild sostiene que estas políticas no solo refuerzan la precarización de la vida, sino que también despolitizan el cuidado al desvincularlo de su dimensión colectiva y comunitaria. La figura de la mujer empoderada se construye como aquella que asume múltiples roles —trabajadora, madre, cuidadora, emprendedora— bajo una lógica de autosuficiencia que invisibiliza su sobrecarga y explotación. Esta narrativa, lejos de fortalecer la autonomía, socava la posibilidad de construir alianzas y solidaridades feministas, fragmentando el tejido social y debilitando las luchas colectivas por derechos universales.
Verónica: No se trata simplemente de consumir, sino de convertirse en un sujeto racional. Es decir, se nos enseña a ser individuos capaces de tomar decisiones de manera supuestamente autónoma y lógica, ignorando deliberadamente el impacto de los medios de comunicación que nos bombardean con estímulos —como el mundo de Bilz y Pap, o el marketing de McDonald’s con sus personajes y colores llamativos. Esta es la visión del actor económico que también se traslada al ámbito político. Recuerdo que me incomodaba profundamente —y lo sigo rechazando— esa idea del votante como un sujeto económico racional, como si fuera alguien que, de forma aislada, calcula fríamente qué le conviene más y decide en función de eso. En ese modelo, el acto de votar queda completamente despojado de ideología, como si las convicciones, las historias colectivas o los afectos no tuvieran ningún lugar en la política.
María Isabel: Es como decir: “necesito mi carné de cuidadora”, porque eso se vuelve lo más importante. Se transforma en una lógica de consumo, donde el foco está en el “yo”: mi carné, mi derecho, mi reemplazo. ¿Entiendes? Es una forma de individualización del rol de cuidadora, que desplaza lo colectivo y refuerza una identidad centrada en el acceso a servicios, más que en una experiencia compartida o en una responsabilidad social distribuida.
Crítica a las Políticas Públicas y Programas Sociales
Verónica: Diría que existe una vasta literatura feminista, desde los años sesenta y setenta, que ha cuestionado profundamente la figura del agente económico racional. Esta crítica se basa en la idea de que dicho modelo ignora por completo las condiciones reales en las que las personas —especialmente las mujeres— toman decisiones. Pensar que una mujer puede actuar como un sujeto racional, en el sentido clásico económico, implicaría aceptar que puede, por ejemplo, dejar de cuidar a su hijo si este tiene necesidades especiales, simplemente porque no es “rentable” hacerlo. Esa lógica de costo-beneficio, aplicada a la vida cotidiana y al cuidado, revela el carácter profundamente ficticio de este sujeto económico.
No se trata solo de una fantasía teórica, sino de una que desconoce por completo la inserción concreta de las personas en relaciones sociales marcadas por el género, los mandatos culturales y las responsabilidades históricamente asignadas a las mujeres. A partir de los años noventa, con la proliferación de programas sociales dirigidos a mujeres —y más recientemente con las políticas de cuidado—, se ha reforzado esta figura de la mujer como sujeto autónomo, resiliente y racional. Se le enseña a vender, a endeudarse “racionalmente”, a calcular riesgos y beneficios, y ahora también a ejercer el cuidado como una capacidad gestionable.
En el fondo, se construye una identidad de mujer cuidadora que no solo es funcional al modelo neoliberal, sino que además se presenta como deseable, incluso “atractiva” desde el punto de vista discursivo. Esta figura de la mujer empoderada, capaz de actuar estratégicamente sobre su identidad, es celebrada, pero al mismo tiempo invisibiliza las condiciones estructurales de desigualdad y explotación que la sostienen.
Javiera: Ahora, lo que las compañeras reportan es que las mujeres resisten eso también, que por una parte necesitan el carné y por otra parte está lo de juntarse por fuera, o hay otras que participan de un movimiento y utilizan ese espacio para reclutar. Eso también, pasa.
Verónica: Desde mi perspectiva, esto forma parte de un proceso más amplio de desmovilización social en Chile, especialmente evidente en el caso del movimiento feminista. Lo que ocurrió fue que, tras el retorno a la democracia, desde la institucionalidad se les dijo a las feministas: “ahora vuelvan a sus casas, nosotras nos haremos cargo”. Recuerdo claramente cómo se institucionalizó esta lógica a través de la creación del SERNAM, mientras que otras iniciativas como PRODEMU eran vistas con cierta sospecha. El SERNAM asumió la tarea de abordar las “necesidades de las mujeres”, y de impulsar una agenda de derechos de género, pero lo hizo desde marcos conceptuales completamente ajenos a sus realidades concretas, despojados de toda dimensión crítica o situada.
Diría que el objetivo de fondo fue desarticular las formas de organización social solidaria que habían emergido con fuerza durante la dictadura. Se trataba de evitar cualquier posibilidad de movilización que pudiera “remover el gallinero”, por si acaso se repetía un escenario de alzamiento militar. Esa fue, al menos, una de las justificaciones implícitas. En definitiva, el mensaje fue claro: “ustedes vuelvan a sus casas, nosotros nos encargamos, y si las necesitamos, ya las llamaremos”.
Javiera: Creo que es muy interesante y, de hecho, esto apareció de manera transversal en los tres campos que analizamos, incluso antes de entrar específicamente en lo rural. Tiene mucho que ver con el análisis que tú hacías sobre la figura de la funcionaria, porque en el fondo, todo esto se mide y se implementa desde esa figura: la del ejecutor o ejecutora. Y ahí, creo que ocurren cosas muy significativas.
Por ejemplo, en nuestro caso, en contextos rurales, observamos con frecuencia que la ejecutora está biográficamente vinculada al fenómeno que aborda. Es decir, promueve ciertos rubros o actividades en grupos de mujeres con los que tiene una conexión personal o emocional. Cuando va a terreno, muchas veces podría decir: “esta podría ser mi tía, mi mamá”. Hay una implicación afectiva y social que no es menor.
María Isabel: Ayer le pusimos título a un artículo: La biografía del funcionario en la vida cotidiana del programa. Nos pareció una forma precisa de capturar cómo las trayectorias personales se entrelazan con la implementación cotidiana de las políticas públicas.
Mercantilización del Espacio Público y Grandes Empresas
Javiera: Me parece que eso es muy interesante, porque atraviesa los tres campos que estamos estudiando, aunque lo hace de manera distinta en cada uno. En el caso rural, esto se vuelve especialmente evidente: las mujeres lo expresan con mucha claridad, sobre todo las más jóvenes. Es llamativo, porque no ocurre igual con las mujeres mayores. Creo que esto tiene que ver, en parte, con los efectos de las políticas compensatorias. Muchas de estas jóvenes han podido acceder a estudios universitarios, pero aun así eligen trabajar en sus propios territorios, lo que genera una relación muy particular con los programas que implementan.
Te menciono esto porque conecta con lo que comentabas sobre la figura de la funcionaria. En el fondo, hablamos de interventores e interventoras que están atravesados por una doble dimensión: por un lado, representan al Estado; por otro, son personas que conocen profundamente el territorio, que podrían estar hablando con su tía, su vecina o su madre. Esa ambivalencia me parece clave. Me gustó mucho lo que decías sobre esa figura, porque yo también he reflexionado sobre lo que llamo el “doble cuerpo del interventor”.
Además, hay algo que me inquieta en relación con la producción de subjetividades neoliberales. Esta lógica no solo opera sobre las usuarias, sino también sobre quienes ejecutan los programas. Se construye una subjetividad funcional, con puntos de apoyo como la alta rotación de personal —cada cuatro años, como mencionabas—, pero que también encuentra resistencias. Esas resistencias emergen, sobre todo, cuando se abren espacios para lo colectivo, para lo comunitario.
Me interesa mucho explorar qué ocurre, por ejemplo, cuando ese funcionario o funcionaria participa en una feria local. ¿Qué pasa ahí? ¿Cómo se transforma su rol? Me encantaría saber qué hace en ese contexto. Ese tipo de situaciones me parece clave para entender cómo se tensiona y se reconfigura la figura del interventor en lo cotidiano.
Nicolás: Lo que quiero decir es que, aunque yo estudio economías desmercantilizadas, no puedo ignorar la variable económica, porque es real. Negarla sería caer en un gesto meramente intelectual. La figura del homo oeconomicus —el votante tratado como cliente, como actor racional— no es un elemento periférico del sistema, sino una pieza central y funcional. El programa Mujer Emprende, por ejemplo, opera precisamente en esa lógica: enseña a las mujeres un lenguaje específico para que puedan incorporarse al juego económico. Sin ese lenguaje, quedan completamente fuera. Hay colectivos que han intentado usar otras formas de expresión, pero al no hablar ese idioma, quedan excluidos, incluso de sus propios territorios. No son reconocidos ni como actores populares.
A ese repertorio de racionalidad económica hay que sumarle actores como Walmart. En contextos rurales, por ejemplo, esto se traduce en relaciones de poder muy concretas: si estás en Wallmapu, debes considerar la presencia de las forestales; si estás en zonas costeras, las grandes pesqueras y sus vínculos con el poder político. En este escenario, Walmart no es solo una empresa, es un actor político-económico que habla el lenguaje dominante. Nuestra hipótesis es que la energía social que se libera a través de las actividades productivas de las mujeres es poderosa. Lo he visto en capacitaciones, como las que realiza la Universidad Técnica Federico Santa María, donde las participantes desbordan a las abogadas con sus conocimientos prácticos. Se genera una dinámica de trabajo entre pares, como si fueran un equipo de auditoría dentro de una gran empresa.
Cuando esa energía se activa, la política pública encuentra rápidamente un límite. En el caso de Mujer Emprende, por ejemplo, las mujeres que antes producían dos chalecos ahora hacen cuatro, de mejor calidad, y con demanda creciente. Pero el Estado chileno no puede abrir mercados: no solo es un Estado subsidiario, sino que está políticamente cooptado. Tenemos leyes viciadas, como la de pesca, que siguen operando. Y nuevas normativas, como la que obliga a pagar impuestos por más de 60 movimientos bancarios, afectan directamente a las microempresarias. En las ferias, este tema es central: todas buscan cómo “sacarse ese bulto”, como lo haría cualquier empresario.
Walmart, en cambio, sí ve el excedente: plusvalor, plus producción, plustrabajo. Han entendido mejor que nadie a Marx. Aprovechan el capital simbólico que solo se genera con trabajo colectivo y eficiente. Así pueden decir que venden productos de mujeres mapuche, de artesanas, de emprendedoras locales, y lo hacen bajo el paraguas de la responsabilidad social empresarial, que además les otorga beneficios tributarios. Hoy, su política de negocios busca que al menos el 28% o 30% de sus góndolas estén ocupadas por productos locales. Ya lo vemos en supermercados Líder, que es Walmart en Chile. Y no solo eso: controlan la cadena de exportación.
Cuando una emprendedora pregunta si puede exportar, le responden que necesita llenar un contenedor. Pero ¿quién puede hacerlo? ¿Quién tiene acceso a contenedores refrigerados, a controles sanitarios, a certificaciones? Y lo más grave: ¿cómo es posible que un decisor político del Ministerio de Economía no sepa lo que implica exportar? Ese nivel de voluntarismo es inaceptable. Walmart, en cambio, tiene toda la infraestructura. Pero ¿de dónde viene Walmart? Líder ya no es chileno, su antiguo dueño, Nicolás Ibáñez, un empresario con poder real, no reconoce la capacidad productiva de otros empresarios. Eso no es solo una barrera de clase, es arribismo y prejuicios profundamente arraigados.
Y ahí es donde me interesa investigar más: ¿por qué se niega la incorporación de productos nacionales? ¿Por qué se privilegia lo importado? Sí, es más barato, pero ¿qué otros argumentos hay? Los dueños de Walmart son empresarios con creencia religiosas declaradas, demócratas, con vínculos en universidades. Representan un tipo de capitalismo ascético, que reinvierte en lugar de ostentar. Y en ese marco, la política pública no la define el Estado, sino actores como Walmart. Ellos deciden qué entra y qué no. Incluso el Metro de Santiago ha abierto espacios para emprendedoras del programa Mujer Emprende, pero eso ocurre gracias al gobierno nacional o a los gobiernos locales, no a políticas nacionales. Entonces, ¿se van a transformar estas mujeres en un actor político? Sí. ¿Cuándo? Cuando empiecen a exportar y se desvinculen de la economía nacional.
María Isabel: Estaba pensando en hacer un vínculo con el otro proyecto, el del campo de escuelas rurales. Lo que me pasa es que, recientemente, cuando fui a Villarrica visité una feria organizada por los colectivos que luchan por la protección de las ballenas, con un enfoque más alternativo. La feria estaba ubicada cerca de Tirúa, en un humedal, y luego me di cuenta de que muchas de estas ferias se realizan precisamente en humedales, cada verano, como una práctica extendida.
En particular, en un humedal cercano a Valdivia, hay una feria organizada por tres comunidades mapuche. Lo interesante es que estas comunidades están lideradas por tres mujeres notables. Durante una conversación, una lamien les preguntó cómo habían logrado resistirse a que Walmart ingresara a la feria, ya que, bajo el discurso de la responsabilidad social empresarial, la empresa suele ofrecer múltiples incentivos para instalarse en estos espacios.
La respuesta de una de las ñañas fue tan clara como poderosa: “Súper simple, lamien: no los dejamos entrar”. Y así es. No cobran entrada, no hay barreras, pero tampoco permiten que entren actores corporativos. La resistencia, en este caso, es tan concreta como simbólica: consiste, simplemente, en no abrirles la puerta.
Nicolás: En ese tipo de mercados, las mujeres son propietarias del territorio. En cambio, en Santiago —y en realidad en muchas otras partes bajo el modelo capitalista— lo que ocurre es un proceso sistemático de despojo: se arrebatan los territorios a las comunidades. La mercantilización no se limita a convertir servicios en bienes de compra y venta, como sucede con el “cuidado con amor” o el “cuidado con cariño”; también implica el control del espacio público, transformándolo en propiedad privada.
Un ejemplo claro de esto es lo que hicieron los malls en Chile, algo que difícilmente habría sido permitido en otros países —no sé si en Canadá, por ejemplo, lo habrían aceptado—. En Chile, compraron terrenos que estaban destinados a ser parques públicos. El mall de La Florida, por ejemplo, se construyó sobre lo que iba a ser el Parque Intercomunal de La Florida. Ese terreno fue vendido y ahí es donde se vuelve fundamental estudiar el rol de los partidos políticos. Durante el retorno a la democracia, quienes asumieron el poder comenzaron a administrar y a ofrecer concesiones, incluso a comunidades que habían resistido toda la dictadura. Les pedían demostrar que eran “responsables”, como si no lo hubieran sido ya al proteger a dirigentes políticos en plena represión.
Los alcaldes y sus grupos comenzaron a recaudar fondos para campañas políticas, cambiaron autos, y vendieron esos terrenos públicos, pedazo a pedazo. Así se fueron perdiendo los espacios comunes. En la Florida, en ese mismo territorio había quince canchas de fútbol y varios campamentos. La venta del bien público dejó a muchas emprendedoras sin espacio físico para desarrollar sus actividades. Pero, gracias a la fuerza de su energía social, estas mujeres se tomaron las calles, hicieron filas, y transformaron esos espacios en mercados. Esto, por supuesto, genera tensiones con el urbanismo y con algunos vecinos, pero finalmente logran construir un mercado desde la autogestión.
Y ahí surge una pregunta clave: ¿por qué los municipios no han optado por incorporar esta economía popular y crear mercados formales? La respuesta nos lleva de nuevo al problema de la privatización del espacio público. Cuando un supermercado se instala, ejerce presión para impedir que se desarrollen otras formas de comercio, argumentando que eso afectaría sus ventas. Así, el poder económico termina condicionando las decisiones públicas, y se refuerza un modelo que excluye a quienes justamente sostienen la economía desde abajo.
Verónica: Quería comentarte algo que me parece importante, especialmente al hacer un vínculo con lo que ha pasado en otros países. Cuando Walmart entró a Canadá, su estrategia fue clara: ofrecer productos a precios extremadamente bajos. Mientras los salarios se deterioraban, esta política de precios arrasó con los negocios locales, afectando directamente a las comunidades. Algo similar ha ocurrido en Francia, donde me contaban que en algunos pueblos pequeños ya no quedan panaderías ni comercios cercanos. Las personas mayores, por ejemplo, deben desplazarse hasta veinte minutos en auto para acceder a servicios básicos, lo que ha contribuido al vaciamiento de esos territorios. El modelo Walmart, basado en la concentración total de la oferta, ha tenido un impacto devastador.
Sé que estoy saltando entre temas, pero cuando hablo de capitalismo neoliberal, no lo hago pensando en una solución inmediata o sencilla. De hecho, no creo que su fin esté cerca, al menos no en Chile. Mi sospecha es que, si llega a colapsar, será a raíz de algo catastrófico: una disrupción en las cadenas globales de distribución. Me refiero a ese sistema que permite fabricar una pieza en un país, enviarla a otro para su ensamblaje, y luego distribuirla a un tercero para su venta. Ese modelo, que sostiene la economía globalizada, podría romperse.
Creo que estamos al borde de una crisis mayor, posiblemente una guerra de gran escala. Ya vimos cómo escaló el conflicto en Ucrania tras la participación creciente por parte de Estados Unidos y Europa y se ha transformado en un foco de desestabilización cada vez mayor. Si se interrumpen las cadenas logísticas globales —el transporte de materias primas, productos semiterminados y terminados—, el modelo económico actual podría colapsar. Y es ahí donde, quizás, se abra una oportunidad para repensar profundamente nuestras formas de producción, distribución y consumo.
Resistencia Comunitaria y Entramado Comunitario
Nicolás: ¿No crees que eso ya se empezó a ver, al menos en parte, con la pandemia del COVID?
Verónica: Sí, lo vi un poco y, de hecho, me entusiasmé en su momento. Pero ahora estamos volviendo a un sistema donde la austeridad fiscal se reinstala, y las cadenas de distribución globales, aunque más vulnerables, también se están reconstruyendo. Recientemente recorté una declaración del Fondo Monetario Internacional (FMI) que decía que, a partir de este momento, los países están adoptando posturas mucho más insulares. Sin embargo, esto no parece aplicarse a países como Chile o Canadá.
En Canadá, por ejemplo, el 70% de las exportaciones van a Estados Unidos. El otro día comentaba que Canadá se sumó al llamado estadounidense para poner fin al NAFTA —o al acuerdo que lo reemplazó—. Incluso desde el propio gobierno liberal, que se autodefine como feminista, surgieron voces que decían que había que dejar a México fuera del acuerdo, porque de lo contrario “nos van a perjudicar a nosotros”. Y si Estados Unidos impone tarifas —como Trump ya prometió— a sectores como la industria automotriz, el impacto sería enorme.
El FMI advierte que estamos entrando en una etapa crítica, en la que los países están cada vez más volcados hacia adentro. No sé exactamente hacia dónde me lleva esta reflexión, pero tengo la sensación de que un escenario así no podría replicarse en Chile, al menos no de la misma forma.
Nicolás: Recuerdo que, un par de años antes de la pandemia, un decano de la Facultad de Ciencias Sociales de mi universidad —antropólogo, ex militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y actualmente integrante del Partido Socialista— me preguntó por qué investigaba temas que, según él, a nadie le interesaban. Le pedí que me explicara a qué se refería, y me respondió que eso que yo estudiaba “ya no existía”. Entonces le pregunté si realmente creía que no había personas que, con lo poco que tienen, deben organizarse para salir adelante, y que, si les va bien, es justamente porque han logrado construir estrategias colectivas. Me dijo que sí, pero que eso ya se había estudiado en los años ochenta y que ahora todos tenían automóvil.
Me pareció una afirmación extraña, porque todos los datos que manejábamos mostraban otra cosa: una realidad marcada por la pluriactividad. Las mujeres que participan en programas como Mujer Emprende, Mujer Indígena o el de Cuidados no son mujeres ociosas. Al contrario, cumplen múltiples funciones, muchas de ellas no remuneradas, y otras que sí lo son, aunque en condiciones precarias. En los casos que estudiamos con mis colegas, hay mujeres que generan ingresos por algunas de sus actividades, mientras que otras las realizan sin recibir compensación económica. Y esta situación no solo no ha desaparecido, sino que se ha profundizado, en la medida en que los mercados laborales se han vuelto cada vez más inestables y fragmentados.
Por eso me sorprendió aún más que ese comentario viniera de alguien de izquierda. Uno esperaría ese tipo de visión desde sectores conservadores, pero no desde alguien con esa trayectoria. Luego vino la pandemia. El Ministerio de Ciencia y Tecnología contactó a la universidad porque habíamos publicado un artículo sobre organizaciones asociativas y cooperativas en la provincia de Marga Marga. Nos convocaron para pensar qué se podía hacer frente a la crisis, porque no sabían cómo responder. Me invitaron a una reunión —esto fue durante el gobierno del presidente Piñera— con la directora regional del Consejo de Ciencia y Tecnología de la República de Chile y otros colegas.
En esa reunión nos preguntaron: “¿Qué podemos hacer frente a esta plaga?”. Y uno de los colegas respondió con claridad: “No nos pregunten qué conocimiento podemos producir, dígannos qué necesitan y nosotros lo ponemos a disposición para ayudar a salvar vidas”. En ese momento, los médicos recién comenzaban a entubar pacientes. Yo levanté la mano y pregunté qué iban a hacer con el agua, porque una de las medidas sanitarias más promovidas era el lavado frecuente de manos, pero en muchas zonas del país —especialmente en el norte— no había agua. Llevaban más de quince años en sequía. ¿Cómo se le podía pedir a esa gente que se lavara las manos permanentemente?
La respuesta de la decisora política fue: “Muy buena idea, no lo habíamos pensado”. Me quedé helado. Cerrada la reunión, tomé el teléfono y llamé a mi jefe: “Sabes qué, hay que investigar esto porque la gente no se va a salvar”. Él intentó calmarme. Pero lo cierto es que la gente sí se organizó. Veníamos saliendo del estallido social, así que ya existía un tejido organizativo previo. Durante los primeros ocho meses de la pandemia, esta región de Valparaíso, estos cerros, estaban llenos de organizaciones comunitarias que distribuían alimentos. Y cuando llegó la vacuna, se activó un mecanismo de desconexión: se detuvo todo, se cooptó a dirigentes, y se volvió a lo mismo de siempre.
Y ahí me pregunto: ¿por qué desactivar lo que te salvó la vida? No hablo de la vida política, sino de la vida cotidiana. ¿A qué le tienen miedo?
Verónica: Exactamente, eso es lo que pasa. Mira, hay dos cuestiones fundamentales. Una es la falta de conocimiento real del país. Es como si Chile se redujera al centro de Santiago, al barrio alto, a Ñuñoa y más allá de eso, simplemente no existe. Todo lo que está fuera de ese imaginario se desconoce por completo. Y desde esa ignorancia se emiten opiniones absurdas, como la que mencionas. Es justamente desde ahí que se dicen con total seguridad, sin tener idea de lo que ocurre en el resto del territorio.
Nicolás: Exactamente, y todo esto se relaciona con la mitología que existe en torno a ciertos temas. A mí me toca una parte más aplicada, porque trabajo en el campo de la economía, específicamente con mujeres microempresarias, y ahí hay muchas cosas que es necesario aclarar. La verdad, no veo el panorama muy alentador, para nada. De hecho, en ese momento ya me había salido de la reunión, pero seguía pensando en todo esto.
Tengo dos hijos, uno ya está en la universidad, y más allá de la preocupación económica —que es real—, hay algo más profundo. Uno de mis hijos quiso estudiar medicina, y supongamos que, en un escenario ideal, todo el mundo en Chile pudiera pagar una carrera como esa. Aun así, el tipo de conocimiento y preparación que se necesita para llegar ahí es enorme, ¿Cómo se logra eso? Cuando uno revisa la trayectoria que permite alcanzar ese nivel, se da cuenta de que implica una inversión enorme de tiempo, recursos y oportunidades.
Hoy ya no existen becas como antes, ni colegios de integración. La sociedad se ha abierto, sí, pero también se ha vuelto más desigual. Hoy es prácticamente imposible comprarse una casa, por ejemplo. Y también es muy difícil que un joven pueda acceder a ciertas profesiones. Algunos lo logran, sí, pero queda una gran mayoría fuera. Antes, en los años ochenta, uno podía pensar que con cuarto medio se podía hacer algo. Hoy, eso ya no alcanza. No hay espacio para la movilidad social que antes, al menos, parecía posible.
Desconexión entre Políticas Públicas y Realidades Territoriales
Verónica: Incluso para trabajos que antes no requerían título, ahora te lo exigen. Sea como sea, todo pasa por la lógica de la certificación.
Nicolás: Sí, incluso si uno deja de lado los años noventa y dos mil, y se queda solo con los ochenta —con la dictadura y las crisis económicas de ese periodo—, el contraste con la actualidad es evidente, especialmente en términos del mercado laboral y el acceso a servicios básicos. En ese entonces, si alguien sufría un accidente, podía acudir a un servicio público de salud. Aunque el sistema no era perfecto, había menos población y existían ciertos mecanismos de atención que, de alguna manera, funcionaban.
Hoy, en cambio, el panorama es mucho más complejo. Basta con mirar el estado de la salud pública: el colapso del sistema tras la pandemia, la precariedad en la atención dental, y la creciente crisis en salud mental. Esta última, al menos, ha ganado visibilidad, pero solo porque la vivimos en carne propia. Además, la tensión social es mucho mayor. Antes, durante la dictadura, había un enemigo claro: los militares. Esa figura permitía una cierta cohesión, una dirección hacia la cual canalizar el malestar.
Hoy, en democracia, esa figura se ha diluido. Ya no hay un enemigo concreto que aglutine o movilice. Se está “contra el sistema”, pero ¿qué significa eso exactamente? ¿Cómo se construye algo colectivo desde esa ambigüedad?
Verónica: Por eso se explica el fenómeno Trump, por eso se entiende el ascenso de Meloni en Italia, de Le Pen en Francia, y lo que probablemente ocurra en Alemania. Todo esto tiene una raíz común. Justamente por eso estoy leyendo sobre la crisis de la democracia liberal y del capitalismo neoliberal: porque este modelo ha destruido las posibilidades de construir alternativas reales. La gente se queda sin opciones, y, además, la izquierda también ha sido parte del juego. Hoy no hay un proyecto alternativo claro. Todos estamos, de una u otra forma, casados con el mercado y con esta lógica de la eficiencia.
Y claro, si te va mal, si estás completamente excluido, ¿qué haces? Votas en contra del sistema, aunque eso signifique votar por alguien como Trump. Conocemos poco sobre cómo viven los sectores más pobres de Estados Unidos, y la realidad es brutal. No se trata solo de comunidades negras o latinas; también hay sectores blancos empobrecidos, como en los Apalaches o en zonas rurales de Georgia. Personas sin acceso a salud dental, sin atención prenatal, que son las primeras en sufrir cuando llegan los huracanes, y que no reciben ayuda.
Entonces, ¿qué hacen? Votan por quien se presenta como un outsider, como un self-made man, aunque no lo sea. Trump ha construido una imagen poderosa a través de los medios, y eso basta. Estamos en un momento en que no hay un enemigo claro que aglutine, y tampoco hay un proyecto alternativo que inspire. La promesa de la alegría —esa que alguna vez se anunció— simplemente no llegó, o si llegó, ya se fue.
Javiera: Sí, estoy completamente de acuerdo con lo que planteas, porque lo vemos reflejado con claridad en las políticas actuales. Pero hay algo que me pasa, y que tiene que ver con mi experiencia en organizaciones territoriales y comunitarias —algunas más autónomas que otras— no solo como investigadora, sino también como parte de ellas. Desde esa vivencia, pienso que, en esa escala barrial o territorial, como tú decías, hay una energía social muy potente, que también se refleja en nuestro trabajo.
Cuando nosotras vamos a terreno, muchas mujeres nos cuentan que han pasado por todos los instrumentos del Estado: Instituto Nacional de Desarrollo Agropecuario, programa Mujeres Rurales, el Programa de Desarrollo Territorial Indígena. Y, sin embargo, tienen muy claro su camino, su identidad comunitaria. Nos dicen: “Nosotras hacemos nuestro trafkintu, y listo. ¡Chao Estado de Chile!”. Incluso, a unos colegas les dijeron directamente: “Hasta aquí llega Chile”. A pesar de todas las dificultades, esa autonomía existe.
Ahora bien, como conversábamos ayer, esto no alcanza para hablar de un proyecto común o de una propuesta política que nos una. Son experiencias territoriales emergentes, más o menos organizadas, que quizás lograron articularse en el primer proceso constituyente. Esa primera convención fue, probablemente, la instancia más diversa que ha existido en la historia reciente del país.
Entonces, ¿qué hacemos con ese otro componente que sigue estando ahí? ¿Cómo lo comprendemos? Hemos hablado de esto antes, de lo que Raquel Gutiérrez llama el “entramado comunitario”, y creo que hay algo de eso que también viene desde los feminismos. Podríamos pensar que ahí se está gestando otra forma de construcción política, desde lo territorial, que se activa ante ciertos eventos. Por ejemplo, estoy en un grupo con dirigentas que me decían: “Nadie se sale del grupo de WhatsApp, porque esto va a volver a pasar”.
Editor RCS: A continuación, se consignan los contenidos a los cuales se hace referencia en esta parte de la conversación11
El entramado comunitario se presenta como una forma específica de organización social que prioriza la reproducción material y simbólica de la vida colectiva. Esta forma de organización no se limita a lo étnico ni a lo rural, sino que se manifiesta como una relación social viva, cultivada cotidianamente a través de prácticas de interdependencia, reciprocidad y autorregulación. En este sentido, lo comunitario se configura como una práctica política que desafía las lógicas del capital y del Estado moderno, al generar vínculos sociales no mediados por el mercado ni por estructuras jerárquicas impuestas, sino por acuerdos colectivos que permiten el usufructo y cuidado compartido de los bienes comunes.
Gutiérrez destaca que las tramas comunitarias no son estructuras fijas ni heredadas, sino creaciones colectivas dinámicas que se regeneran constantemente a través del trabajo común. Este trabajo se expresa en formas como el tequio, la asamblea y los cargos comunitarios, que no solo sostienen la vida cotidiana, sino que también producen formas de autoridad no liberales. Así, el entramado comunitario se convierte en una red autopoiética que, mediante el hacer colectivo, produce lo común y regula su uso, garantizando la sostenibilidad de la vida en condiciones de amenaza y despojo.
Desde esta perspectiva, el entramado comunitario se entiende como una subjetividad colectiva sexuada en marcha, capaz de generar riqueza concreta y de sostener vínculos duraderos. Esta capacidad se cultiva en contextos urbanos y rurales, y se expresa en luchas por el agua, la tierra, los bosques y otros bienes comunes. También Gutiérrez subraya que estas tramas no solo enfrentan las agresiones del capital, sino que también resisten las mediaciones patriarcales, estatales y mercantiles que buscan fragmentarlas. En su lugar, proponen formas de vida basadas en la cooperación, la memoria compartida y la regeneración de vínculos afectivos y políticos.
Así, el entramado comunitario se revela como una clave crítica para pensar la transformación social. No se trata de una utopía abstracta, sino de una práctica concreta que se despliega en múltiples escalas y territorios, articulando luchas indígenas, populares, feministas y urbanas. Estas tramas permiten visibilizar y fortalecer los “flujos del trabajo concreto” que sostienen la vida, y abren caminos hacia formas de organización social que desafían la lógica de acumulación capitalista. Así, estudiar y practicar lo común desde el entramado comunitario se convierte en una vía fértil para regenerar capacidades sensibles e intelectuales que nos permitan comprender y transformar el mundo desde la interdependencia.
María Isabel: La resistencia de Mujeres Rurales ha perdurado por más de treinta años, y eso ha sido posible gracias a la fuerza y compromiso de las mujeres mayores que la han sostenido desde sus inicios. En este nuevo proyecto que emprendo, parto desde el concepto de acción pública, entendido no como un espacio exclusivamente estatal, sino como un campo más amplio que incluye al mercado, a la ciudadanía y a las múltiples formas de participación social. Esta perspectiva, que ha sido clave en la transformación neoliberal de las políticas públicas, nos invita a repensar dónde y cómo se ejerce lo político. Creo que la experiencia acumulada en los programas sociales también refleja esta transformación. Y aunque no pretendo idealizarla, me parece valioso reconocer lo que hemos encontrado: una realidad compleja, sí, pero también llena de posibilidades. Tal vez intento mirar con optimismo, pero sobre todo con honestidad.
Nicolás: La experiencia relatada por Javiera puede entenderse como una manifestación concreta de entramado comunitario, particularmente en el contexto de los grupos de mujeres. No obstante, el uso del concepto de “entramado” plantea desafíos teóricos y metodológicos. El problema no radica en la práctica militante ni en la presencia territorial, sino en cómo nombrar y conceptualizar aquello que se vive y se experimenta colectivamente. En ciertos territorios, el entramado comunitario se hace evidente a través de redes sociales densas y sostenidas, que permiten la permanencia de sus integrantes mediante prácticas cotidianas como el encuentro, la conversación, la organización de actividades comunes y la toma colectiva de decisiones. Estas dinámicas generan una sintonía afectiva y política que se traduce en una experiencia real de comunidad, con límites claros de pertenencia y exclusión.
En contraste, existen otros contextos donde estas redes están debilitadas o ausentes. Es el caso de muchas mujeres que participan en programas como Mujer Emprende, especialmente aquellas en situación de mayor precariedad. Esta precariedad no se refiere únicamente a lo económico, sino a la fragilidad de sus vínculos sociales. En muchos casos, estas mujeres no han logrado construir un entramado comunitario, o bien, este les ha sido arrebatado por dinámicas patriarcales que históricamente han excluido a las mujeres de los espacios de decisión política. Aunque las mujeres han estado presentes en las resistencias —como en las ollas comunes—, las decisiones políticas han sido tradicionalmente monopolizadas por los hombres.
En este sentido, la noción de entramado comunitario se complementa con el concepto de “abigarramiento”, propuesto por René Zavaleta Mercado y retomado por Silvia Rivera Cusicanqui. Zavaleta, al estudiar al obrero minero boliviano, observa que la categoría marxista de clase no logra captar la complejidad de una realidad social compuesta por sujetos indígenas con lenguas, culturas y tiempos históricos distintos. El abigarramiento describe la coexistencia de múltiples temporalidades y formas de vida en un mismo territorio, que no necesariamente dialogan entre sí. Rivera Cusicanqui amplía esta noción en el contexto neoliberal boliviano, señalando cómo la fragmentación social produce “patrias” o identidades cerradas que coexisten en un mismo espacio urbano, sin articularse entre sí.
En este marco, el abigarramiento puede adquirir una dimensión política transformadora cuando se constituye en un bloque histórico, es decir, cuando diversas fuerzas sociales —no solo de clase, sino también culturales, territoriales y afectivas— se articulan en torno a una acción común. Este bloque no está necesariamente dirigido por partidos o líderes formales, sino que emerge de la experiencia vivida y de la necesidad compartida. Aunque desde una lógica partidaria tradicional estas expresiones pueden parecer caóticas o desorganizadas, en realidad contienen un potencial de transformación social profundo, como lo demuestra la historia reciente de Bolivia. En términos de Alain Touraine, podríamos hablar aquí de un movimiento social en sentido pleno.
Editor RCS: A continuación, se consignan los contenidos a los cuales se hace referencia en esta parte de la conversación.
La noción de abigarramiento, desarrollada inicialmente por René Zavaleta Mercado, es retomada por Silvia Rivera Cusicanqui para describir la profunda heterogeneidad histórica, social y cultural de la sociedad boliviana. Este concepto alude a la coexistencia de múltiples temporalidades, estructuras económicas y formas de vida que no se integran ni se fusionan, sino que se yuxtaponen en un mismo espacio. Rivera destaca que esta condición abigarrada no es una anomalía, sino una característica constitutiva de las sociedades andinas, donde conviven simultáneamente elementos prehispánicos, coloniales, liberales y populistas, generando tensiones y contradicciones que desafían las narrativas lineales del progreso y la modernidad.
El abigarramiento, en su dimensión negativa, se manifiesta como una forma de esquizofrenia social y política, especialmente visible en las élites mestizas que, al negar su propia heterogeneidad, reproducen estructuras coloniales de poder. Rivera critica la forma en que estas élites han instrumentalizado la identidad indígena como ornamento simbólico del Estado Plurinacional, sin transformar las relaciones de dominación subyacentes. En este sentido, el abigarramiento se convierte en una trampa epistémica que impide la construcción de una ciudadanía plural y democrática, al tiempo que bloquea la emergencia de formas políticas verdaderamente descolonizadoras.
Sin embargo, Rivera también reconoce un potencial emancipador en el abigarramiento, especialmente cuando se articula con la noción de ch’ixi, que permite habitar la contradicción sin anularla. En lugar de buscar una síntesis o una fusión de opuestos, lo ch’ixi propone una convivencia conflictiva y creativa entre elementos heterogéneos. Esta perspectiva abre la posibilidad de construir una epistemología propia, situada y descolonizadora, que reconozca la pluralidad de saberes, memorias y formas de vida que coexisten en los territorios andinos. Así, el abigarramiento deja de ser un obstáculo para convertirse en una fuente de energía política y cultural.
Así, Rivera plantea que el reconocimiento del abigarramiento como condición estructural de nuestras sociedades es clave para imaginar alternativas al modelo capitalista y colonial de desarrollo. En lugar de imponer una homogeneidad ficticia, se trata de fortalecer las comunidades abigarradas que, desde sus prácticas cotidianas, resisten la lógica del mercado y del Estado. Estas comunidades, con sus memorias largas, sus formas de reciprocidad y sus vínculos con la tierra y los ancestros, encarnan una modernidad otra, una modernidad india que desafía las jerarquías epistémicas y propone una política del hacer, del cuidado y de la interdependencia.
María Isabel: Disculpen que interrumpa, pero ya debemos cerrar esta conversación, tenemos otros compromisos con los estudiantes y Verónica debe estar presente.
5 Los proyectos de investigación de la Dra. Schild abordan críticamente las relaciones entre neoliberalismo, feminismo y justicia social principalmente en Chile y en América Latina. Su libro, Feminismos y nuevas ciudadanías: Historia de una dimensión ignorada del proyecto de neoliberalización en Chile (en preparación para ser evaluado por Editorial Metales Pesados), reúne una selección de trabajos publicados originalmente en inglés que dejan constancia de un proceso de reflexión teórica y política de larga data y ofrecen un análisis crítico y situado sobre los procesos de transformación del neoliberalismo en Chile desde 1990. El libro aborda el neoliberalismo como proceso dinámico de transformación, o neoliberalización, e insiste en entenderlo hoy día como proyecto cultural-político arraigado. Los textos destacan como la neoliberalización ha marcado fuertemente nuestras instituciones y sociedades, en especial la chilena, empezando por la redefinición del estado, y por la reconfiguración de nuevas formas de ciudadanía y subjetividad para las mujeres. También destaca la contribución de discursos y prácticas de un feminismo liberal transnacional e institucionalizado a las transformaciones neoliberales de las últimas décadas.
6 El 25 de octubre de 2020 se celebró en Chile el Plebiscito Nacional para decidir sobre la redacción de una nueva Constitución. La ciudadanía aprobó mayoritariamente esta iniciativa, con un 78% de los votos a favor de una nueva Carta Fundamental. Además, se optó por la Convención Constitucional como el órgano encargado de redactarla, superando ampliamente a la opción de Convención Mixta. La participación alcanzó un 51% del padrón electoral, con más de 7,5 millones de votantes.
En cuanto a los resultados específicos, el 99,45% de los votos sobre la nueva Constitución fueron válidamente emitidos, y el 79% de los votos válidos eligió la Convención Constitucional como mecanismo redactor. Este proceso marcó un hito en la historia democrática de Chile, al abrir paso a una redacción paritaria y representativa. El Presidente debió convocar a elecciones para elegir a los miembros de la Convención, programadas para el 11 de abril de 2021, conforme a la Ley N° 18.700.
7 Women are the Social Face of the State: Gender and the Social Uprising in Neoliberal Chile, 2019-2021” en la colección editada por Miguel A. Centeno y Agustín E. Ferraro, State and Nation Making in Latin America and Spain: The Neoliberal State and Beyond. Cambridge University Press, 2023, pp. 343-381.
8 La Dra. Pavez ha trabajado en el análisis crítico de las políticas sociales, con especial énfasis en el campo de la infancia. Desde esta perspectiva, ha desarrollado una línea de investigación que examina las tensiones que enfrentan quienes implementan dichas políticas en contextos institucionales y territoriales. Además, su trabajo se extiende al estudio de organizaciones comunitarias de base territorial, a las que se aproxima mediante metodologías etnográficas y participativas. Esta orientación metodológica le ha permitido comprender las dinámicas locales desde una perspectiva situada, reconociendo las voces y prácticas de los actores involucrados. Su enfoque integra el análisis estructural de las políticas públicas con una mirada sensible a las experiencias cotidianas de las comunidades.
9 La Dra. Reyes es integrante del claustro académico de los doctorados en Psicología y en Didáctica de la Ciencia de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, ejerce como Editora Jefe de la revista Psicoperspectivas, Individuo y Sociedad, su labor docente e investigativa se centra en la psicología comunitaria, particularmente en los procesos de organización y desarrollo social, la participación de mujeres en políticas públicas con enfoque comunitario, así como las prácticas sostenibles en escuelas y comunidades rurales. Es socia fundadora de la Sociedad Chilena de Psicología Comunitaria y del colectivo NOTROS, comunidad, acción y reflexión.
10 Contenido elaborado desde el documento de Verónica Schild y Luna Follegati Montenegro: “Contingencia, democracia y neoliberalismo: reflexiones y tensiones a partir del movimiento feminista en la actualidad”, publicado en Pléyade. Revista de Humanidades y Ciencias Sociales, n°22, julio-diciembre 2018.
11 Basado en Raquel Gutiérrez Aguilar (coord.) (2018) Comunalidad, tramas comunitarias y producción de lo común. Debates contemporáneos desde América Latina. Oaxaca, Colectivo Editorial Pez en el Árbol, Editorial Casa de las Preguntas.